Accion Humana

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Revista Digital

La soberanía como excusa para concentrar el poder

 Por Gabriel Boragina ©

La llamada Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, presentada por el gobierno de LLA al Congreso en septiembre de 2026, constituye un ejemplo particularmente revelador de cómo una causa legítima puede ser utilizada para promover objetivos institucionales difícilmente compatibles con los principios que se invocan para justificarla.

El proyecto, todavía en tratamiento legislativo, se presenta bajo la bandera de la recuperación de las Islas Malvinas y la protección de los recursos naturales argentinos. Sin embargo, sus disposiciones exceden ampliamente esa finalidad, incorporando una profunda reorganización de las funciones de defensa, seguridad, inteligencia y control estatal.  

La cuestión fundamental no consiste en discutir los derechos soberanos argentinos sobre las Malvinas, expresamente reafirmados por la disposición transitoria primera de la Constitución Nacional, sino en determinar si esa reivindicación autoriza a modificar sustancialmente el equilibrio institucional de la República.

La respuesta constitucional y liberal es negativa.

La soberanía no está por encima de la Constitución

El primer equívoco consiste en identificar la soberanía nacional con la ampliación del poder gubernamental. Son conceptos diferentes y, bajo determinadas circunstancias, incluso contradictorios.

La Constitución argentina no organiza un poder ilimitado encargado de proteger intereses colectivos definidos discrecionalmente por los gobernantes. Establece, por el contrario, un sistema de competencias restringidas, división de poderes y garantías individuales que ninguna invocación patriótica puede legítimamente desconocer.

El artículo 1 consagra la forma republicana de gobierno; el 28 establece que los derechos constitucionales no pueden ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio; y el 29 prohíbe conceder al Ejecutivo facultades extraordinarias o la suma del poder público.

Estas disposiciones no constituyen recomendaciones políticas: son límites jurídicos al ejercicio del poder.

Por consiguiente, cualquier legislación que permita al Ejecutivo definir discrecionalmente amenazas, determinar respuestas extraordinarias y concentrar funciones de investigación, inteligencia y ejecución debe examinarse bajo esos principios.

La defensa nacional es una atribución constitucional del Estado. La concentración ilimitada del poder, no.

Un Consejo de Seguridad con atribuciones preocupantes

Uno de los aspectos más cuestionables del proyecto es la creación de un Consejo de Seguridad Nacional, presidido por el presidente de la Nación, con intervención transversal en materias militares, económicas, diplomáticas, de inteligencia y seguridad.

Su política de seguridad nacional tendría carácter obligatorio para los organismos comprendidos en el sistema, mientras que la amplitud de las amenazas contempladas permitiría extender su actuación mucho más allá de las agresiones militares tradicionales.

La objeción no reside en la existencia de organismos de coordinación, perfectamente admisibles dentro de las competencias constitucionales del Ejecutivo. Reside en la posibilidad de convertir esa coordinación en una instancia superior de decisión política, con atribuciones suficientemente indeterminadas para desplazar los controles institucionales.

El artículo 99 de la Constitución define las competencias presidenciales, pero no autoriza a transformar la seguridad nacional en una fuente autónoma de potestades ilimitadas.

Tampoco una ley ordinaria puede modificar la distribución constitucional de competencias entre la Nación y las provincias, protegida por los artículos 5, 121 y concordantes.

La eventual subordinación de competencias provinciales a directivas nacionales que excedan las facultades federales configuraría un conflicto constitucional concreto.

El liberalismo desconfía precisamente de estas construcciones institucionales: aquellas que, invocando una finalidad superior, procuran concentrar decisiones que deberían permanecer distribuidas entre autoridades independientes.

La criminalización de la desinformación

Todavía más grave resulta la incorporación de figuras penales vinculadas con la influencia extranjera y las campañas coordinadas de desinformación.

Según la información publicada sobre el proyecto, el artículo 225 bis propuesto contempla penas de cinco a doce años de prisión para determinadas conductas realizadas por cuenta, orden o financiamiento de agentes extranjeros, incluyendo la manipulación de la opinión pública mediante campañas de desinformación masiva.

Aquí aparecen problemas constitucionales particularmente serios.

Los artículos 14 y 32 protegen la libertad de expresión y de prensa, mientras que el artículo 18 consagra garantías esenciales del derecho penal, entre ellas el principio de legalidad.

¿Qué constituye desinformación? ¿Quién determina qué información es verdadera? ¿Cuándo una opinión equivocada se transforma en una amenaza para la seguridad nacional?

Si estas cuestiones quedan sujetas a interpretaciones administrativas o políticas, la libertad de expresión deja de ser un derecho oponible al poder y se convierte en una concesión condicionada por él.

La exigencia constitucional de precisión de los tipos penales impide que expresiones ambiguas sean utilizadas para castigar conductas cuya ilicitud no resulte claramente determinada.

No toda sanción contra una operación clandestina extranjera es inconstitucional. Lo inadmisible sería castigar opiniones, investigaciones periodísticas o críticas políticas bajo una categoría penal indeterminada.

Una disposición que permitiera semejante resultado colisionaría frontalmente con las garantías constitucionales.

Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, identificó uno de los peligros fundamentales de las sociedades cerradas: la pretensión de que determinadas autoridades poseen una verdad superior cuya preservación justifica restringir la crítica.

Cuando el gobierno adquiere la facultad de decidir qué puede decirse en nombre de la seguridad, el peligro deja de ser puramente teórico.

Defensa nacional y militarización de la seguridad

Otro aspecto preocupante es la ampliación del concepto de defensa nacional para comprender amenazas no estatales, cibernéticas y otras situaciones que exceden el enfrentamiento militar convencional.

El problema no es reconocer nuevas amenazas, sino utilizar su existencia para desdibujar la distinción entre defensa exterior y seguridad interior.

Esa separación, establecida por las leyes 23.554 y 24.059, constituye una garantía institucional destinada a evitar que las Fuerzas Armadas se conviertan en instrumentos ordinarios de intervención sobre conflictos internos.

Su modificación legislativa no sería automáticamente inconstitucional. Sin embargo, cualquier autorización para emplear capacidades militares contra actividades civiles protegidas, sin garantías suficientes y controles efectivos, podría vulnerar los artículos 14, 18, 19 y 28 de la Constitución.

Lo mismo corresponde señalar respecto de las facultades para emplear fuerza letal contra aeronaves o embarcaciones: su constitucionalidad exige presupuestos estrictos de necesidad, proporcionalidad y protección de la vida.

La seguridad no constituye una excepción permanente al Estado de Derecho.

La contradicción con Alberdi y el liberalismo

Resulta especialmente paradójico que un gobierno que se proclama liberal impulse una arquitectura institucional caracterizada por el fortalecimiento de las potestades estatales.

Juan Bautista Alberdi no concebía la organización constitucional argentina como un instrumento para multiplicar las facultades gubernamentales, sino como un sistema destinado a asegurar la libertad, la propiedad, el comercio y el desarrollo de la sociedad civil.

En Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina, su pensamiento se articula alrededor de la subordinación de la política económica a las garantías constitucionales.

La libertad no es una autorización concedida por el Estado. Es el principio que limita sus intervenciones.

En esa misma tradición, Friedrich Hayek advirtió sobre los peligros de sustituir normas generales y previsibles por decisiones discrecionales de las autoridades. Ludwig von Mises defendió un orden social basado en la cooperación voluntaria y la propiedad privada, incompatible con una expansión arbitraria de la coerción estatal.

Desde esta perspectiva, también merecen examen las sanciones económicas contra accionistas, proveedores y financiadores vinculados con actividades en Malvinas.

La defensa de derechos soberanos puede justificar prohibiciones y sanciones legalmente determinadas. Pero no autoriza responsabilidades penales automáticas por la sola condición de accionista o proveedor, sin acreditar los elementos personales y subjetivos exigidos por el derecho penal.

El principio de culpabilidad, el debido proceso y la razonabilidad de las penas siguen siendo exigibles incluso frente a conductas relacionadas con controversias internacionales.

El autoritarismo no necesita declararse

Los proyectos autoritarios rara vez se presentan anunciando la supresión de las libertades. Habitualmente invocan necesidades colectivas, emergencias, amenazas o intereses nacionales que supuestamente requieren mayores poderes gubernamentales.

La historia demuestra que la concentración del poder suele comenzar por mecanismos legales aparentemente excepcionales que, con el tiempo, terminan incorporándose al funcionamiento ordinario del Estado.

James Madison comprendió que la libertad política no puede depender de la virtud personal de quienes gobiernan. Requiere instituciones capaces de limitar sus ambiciones.

Esa enseñanza conserva plena vigencia.

No es suficiente que un gobierno se autodenomine liberal para que sus decisiones adquieran esa naturaleza. Su liberalismo debe juzgarse por su respeto a las garantías individuales, la división de poderes y los límites constitucionales.

Una legislación que facilite la vigilancia política, la criminalización de expresiones ambiguamente calificadas como desinformación y la acumulación de atribuciones en el Ejecutivo se aleja de esos principios.

La recuperación pacífica de las Malvinas constituye un objetivo constitucional legítimo. Convertir esa causa en fundamento para extender indiscriminadamente el poder gubernamental constituye algo muy diferente.

La soberanía de una nación no se fortalece debilitando las libertades de sus habitantes.

Por el contrario, cuanto mayor es el poder que un gobierno reclama para defender a la sociedad, mayor debe ser la exigencia de controles sobre su ejercicio.

Porque el liberalismo no consiste en confiar en que el gobernante utilizará correctamente un poder extraordinario, sino en impedir que disponga de él arbitrariamente.

Y esa es, precisamente, la diferencia entre un gobierno que invoca la libertad y otro que efectivamente la respeta.

El oro del Banco Central y la ficción del liberalismo monetario argentino

 Por Gabriel Boragina ©

Una nueva controversia en torno al Banco Central de la República Argentina (BCRA) vuelve a poner en evidencia la distancia que separa el discurso liberal del gobierno de LLA de su política económica efectiva. Esta vez, el episodio involucra operaciones financieras realizadas con las reservas de oro durante 2025, cuyo resultado negativo alcanzó los 1.023 millones de dólares. 

La Auditoría General de la Nación (AGN), al examinar los estados contables de la entidad, comprobó que determinadas operaciones con derivados financieros vinculados al precio internacional del oro ocasionaron pérdidas que debieron cancelarse mediante egresos efectivos de divisas.

El gobierno respondió que tales operaciones constituyeron coberturas destinadas a proteger el valor de las reservas y que, considerando la revalorización del metal, el resultado conjunto fue positivo en 2.505 millones de dólares.

Ambas afirmaciones pueden ser simultáneamente verdaderas. Una cobertura financiera puede generar pérdidas mientras el activo protegido aumenta de valor. Por lo tanto, sería incorrecto deducir automáticamente que la existencia de un resultado negativo demuestra una operación especulativa irresponsable.

Pero esta discusión contable, aunque importante, oculta un problema económico e institucional mucho más profundo.

¿Qué hace un gobierno que se proclama liberal administrando discrecionalmente el oro de las reservas mediante operaciones financieras decididas por funcionarios públicos?

 

El problema no es solamente cuánto se perdió, sino quién decidió arriesgarlo

Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de Economía, la cuestión fundamental no reside en determinar si los funcionarios del Banco Central acertaron o se equivocaron al anticipar la evolución del precio internacional del oro.

El problema consiste en que esos funcionarios disponen de recursos que no han obtenido mediante intercambios voluntarios en el mercado y cuyas consecuencias económicas no recaen directamente sobre sus patrimonios particulares.

Ludwig von Mises explicó que el cálculo económico racional requiere precios surgidos de intercambios de mercado y decisiones empresariales sometidas a pérdidas y ganancias. Su crítica al cálculo socialista no significa que toda operación realizada por una institución estatal sea necesariamente irracional, pero permite identificar una diferencia fundamental entre la administración política de recursos y la actividad empresarial privada.

Un empresario que compromete su capital responde patrimonialmente por sus decisiones. Si se equivoca reiteradamente, el mercado puede expulsarlo.

Un funcionario público, en cambio, puede adoptar decisiones que comprometan millones de dólares sin soportar personalmente las pérdidas que eventualmente produzcan.

Esta asimetría entre el poder de decidir y la responsabilidad de asumir sus consecuencias constituye una de las diferencias esenciales entre la lógica del mercado y la lógica del Estado.

Que una operación financiera sea técnicamente correcta no elimina esa diferencia.

 

La manipulación monetaria no se vuelve liberal porque la practique un gobierno que se dice liberal

Friedrich Hayek desarrolló una crítica profunda al monopolio estatal de la moneda. En La desnacionalización del dinero (1976), sostuvo que la competencia entre emisores monetarios podía ofrecer una alternativa al privilegio gubernamental de controlar la moneda.

La tesis resulta particularmente incómoda para quienes pretenden presentar al gobierno argentino como representante de la Escuela Austríaca.

Mientras Hayek proponía quitar al poder político su posición privilegiada sobre la moneda, el gobierno argentino mantiene una institución estatal que interviene en el mercado cambiarlo, administra reservas internacionales y decide cómo protegerlas mediante instrumentos financieros.

Es necesario distinguir: contratar una cobertura sobre oro no equivale, por sí mismo, a manipular la cantidad de dinero ni demuestra una alteración artificial de su precio. Sin embargo, constituye una manifestación adicional de la administración centralizada de los activos monetarios.

La contradicción aparece cuando quienes reivindican la libertad económica consideran indispensable conservar una autoridad pública encargada de adoptar decisiones que, en un sistema monetario competitivo, corresponderían a los propietarios de los activos y a las instituciones participantes del mercado.

El problema, por consiguiente, no es el instrumento financiero utilizado, sino el régimen institucional dentro del cual se lo utiliza.

 

Rothbard y el problema del monopolio monetario

Murray Rothbard fue todavía más radical que Hayek en su oposición a la banca central.

En The Mystery of Banking (1983) y What Has Government Done to Our Money?, desarrolló una crítica al monopolio estatal de emisión, a la expansión fiduciaria y a los privilegios bancarios establecidos por el poder político.

Para Rothbard, una moneda genuinamente libre no necesita una autoridad central que determine su oferta ni que administre discrecionalmente los activos que respaldan el sistema monetario.

Desde esa perspectiva, el debate argentino sobre las coberturas del oro resulta particularmente revelador.

El gobierno sostiene que la operación fue conveniente porque el resultado patrimonial conjunto fue positivo. Pero ese argumento presupone precisamente aquello que la crítica austríaca más radical cuestiona: que corresponde a una autoridad estatal administrar centralizadamente esos recursos.

Si mañana el Banco Central obtuviera ganancias extraordinarias mediante operaciones semejantes, ¿se habría convertido por ello en una institución liberal?

Evidentemente, no.

La rentabilidad de una intervención estatal no determina su compatibilidad con el liberalismo.

Un monopolio público no deja de serlo porque sus administradores presenten balances favorables.

 

El argumento del seguro y sus límites

El gobierno comparó las coberturas financieras con la contratación de un seguro automotor. Si no ocurre el accidente, el pago de la prima no constituye necesariamente un error.

La comparación resulta válida para explicar el funcionamiento económico de una cobertura. Sin embargo, omite una cuestión decisiva: ¿quién es el propietario del automóvil, quién contrata el seguro y quién paga sus costos?

Cuando un particular asegura voluntariamente sus bienes, dispone de su patrimonio y asume las consecuencias de su elección.

Cuando una institución estatal contrata instrumentos financieros sobre activos públicos, la decisión se adopta mediante mecanismos burocráticos y sus resultados afectan recursos administrados en nombre de terceros.

La diferencia no es menor.

Tampoco puede justificarse automáticamente cualquier cobertura por el solo hecho de que persiga reducir riesgos. Es necesario conocer sus costos, condiciones, alternativas y criterios de contratación.

En este caso, la negativa del Banco Central a identificar públicamente las contrapartes de las operaciones agrega un problema de transparencia. Sin esos datos y sin información suficiente sobre las condiciones pactadas, resulta imposible realizar una evaluación externa completa de su conveniencia.

Invocar la protección de las reservas no debería funcionar como autorización para sustraer las decisiones financieras del escrutinio público.

 

La verdadera contradicción

La defensa oficial insiste en que estas operaciones se realizan desde 2007.

Pero semejante argumento resulta particularmente desafortunado para un gobierno que asegura representar una ruptura doctrinaria con las políticas económicas anteriores.

Si la práctica viene desarrollándose desde hace casi dos décadas, su continuidad demuestra precisamente la persistencia de los mecanismos de administración monetaria que supuestamente se pretendía superar.

La Escuela Austríaca no sostiene que el problema de la intervención estatal desaparezca cuando sus resultados son positivos, ni que una burocracia se vuelva eficiente porque sus funcionarios invoquen conocimientos técnicos.

Su crítica apunta a la concentración del poder económico, a los incentivos institucionales y a la sustitución de decisiones descentralizadas por decisiones políticas.

Naturalmente, no todas las corrientes austríacas defienden idénticas reformas monetarias. Pero sus principales representantes coinciden en cuestionar, con distintos alcances, la discrecionalidad y los privilegios estatales sobre la moneda.

 

Conclusión

La discusión sobre los 1.023 millones de dólares puede terminar reducida a una controversia entre funcionarios sobre resultados contables.

Pero la cuestión verdaderamente relevante es otra.

Un gobierno que proclama la superioridad del mercado sobre la planificación estatal continúa confiando a una autoridad monetaria centralizada la administración de activos multimillonarios, sus riesgos y sus coberturas.

Y cuando se cuestionan esas decisiones, las justifica invocando la experiencia técnica de los mismos funcionarios cuya intervención debería, desde una perspectiva liberal consecuente, someterse a una revisión institucional de fondo.

No se puede proclamar la supremacía del mercado y, simultáneamente, considerar indispensable que una burocracia estatal conserve el poder de administrar discrecionalmente los recursos monetarios.

El liberalismo no consiste en reemplazar funcionarios considerados incompetentes por otros supuestamente más capaces. Consiste, ante todo, en limitar el poder que unos y otros pueden ejercer.

Mientras esa distinción siga siendo ignorada, la Escuela Austríaca continuará funcionando como una etiqueta política antes que como una doctrina efectivamente aplicada.

Y el Banco Central, gane o pierda con el oro, seguirá siendo una prueba de esa contradicción.

 

El liberalismo que se proclama y el intervencionismo que se practica

 Por Gabriel Boragina ©

La Argentina parece condenada a repetir una curiosa experiencia histórica: cambiar los nombres de las políticas sin modificar sustancialmente sus fundamentos. Lo que ayer se presentaba como justicia social o desarrollo nacional, hoy se anuncia como estabilización, saneamiento monetario o reconstrucción del mercado. Los discursos cambian, pero el poder político continúa atribuyéndose facultades para decidir sobre cuestiones que, en una sociedad libre, deberían quedar libradas a las decisiones de los individuos. 

La llegada de LLA al gobierno estuvo acompañada por la promesa de un cambio radical. La Libertad Avanza no se presentó simplemente como una alternativa administrativa, sino como la expresión política del liberalismo y, particularmente, de la Escuela Austríaca de Economía.  

Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y Murray Rothbard fueron invocados como inspiradores de una transformación destinada a devolver al individuo las facultades que el intervencionismo estatal le había arrebatado.  

Sin embargo, una cosa es invocar a los autores liberales y otra muy diferente aplicar consecuentemente sus enseñanzas.

El liberalismo no se define por la identidad de quien ejerce el poder, sino por los límites impuestos a ese poder.

El Banco Central y la contradicción monetaria

Una de las principales promesas de LLA fue eliminar el Banco Central. Su cuestionamiento encontraba sustento en las críticas austríacas a la manipulación estatal del dinero.

Mises explicó que el dinero surge de procesos de mercado y no necesita ser creado por una autoridad gubernamental. Hayek, en La desnacionalización del dinero, propuso la competencia monetaria frente al monopolio estatal. Rothbard defendió la separación entre el dinero y el poder político.

¿Qué encontramos, en cambio, en la gestión de La Libertad Avanza?

Un Banco Central que continúa funcionando, regulando encajes, administrando instrumentos monetarios e interviniendo en el mercado cambiario.

El gobierno podrá argumentar que su eliminación requiere una transición. Pero una transición no es un resultado, y el carácter transitorio de una intervención no modifica su naturaleza económica.

El Banco Central no se convierte en una institución de mercado porque sus funcionarios declaren compartir las ideas de Mises.

El dólar: un precio que continúa administrándose

El régimen de bandas cambiarias constituye otra contradicción significativa.

El tipo de cambio es un precio y, como cualquier otro, debería surgir de las valoraciones y decisiones de quienes participan en el mercado.

Hayek explicó, en El uso del conocimiento en la sociedad, que los precios transmiten información dispersa que ninguna autoridad central puede reunir íntegramente.

Cuando el gobierno establece límites a las fluctuaciones cambiarias e interviene para sostenerlos, sustituye parcialmente esa información por decisiones administrativas.

Podrá sostenerse que las bandas proporcionan estabilidad o facilitan la desinflación. Pero esos objetivos no convierten al mecanismo en un régimen de libertad cambiaria. Al contrario, son políticas intervencionistas

Un precio administrado con mayor flexibilidad continúa siendo, en mayor o menor medida, un precio administrado.

La contradicción reside en presentar como expresión del libre mercado un procedimiento que conserva facultades políticas sobre la formación del precio de la moneda.

El equilibrio fiscal no es sinónimo de liberalismo

El gobierno destaca la obtención de superávits fiscales como uno de sus principales logros.

Un equilibrio presupuestario genuino constituye una condición favorable para evitar desequilibrios económicos. Pero no equivale, por sí mismo, a una política liberal.

Un Estado puede mantener elevados impuestos, numerosas regulaciones y amplias facultades de intervención mientras presenta cuentas equilibradas.

La cuestión no consiste solamente en cuánto gasta el gobierno, sino en qué actividades interviene y mediante qué procedimientos obtiene sus recursos.

Un Estado que recauda cien y gasta cien está fiscalmente equilibrado. Pero si esos recursos fueron obtenidos mediante impuestos que restringen la inversión, el ahorro y el consumo, el equilibrio contable no habrá eliminado esas restricciones.

Mises sostuvo que la función esencial del gobierno consiste en proteger la propiedad, la cooperación pacífica y las condiciones institucionales de la convivencia.

Por consiguiente, la austeridad estatal y la libertad individual no son conceptos equivalentes.

Un gobierno puede ordenar sus finanzas y continuar restringiendo severamente las finanzas de los gobernados.

Impuestos, deuda e intervencionismo

La política tributaria ofrece otra contradicción.

La Libertad Avanza ha reducido o eliminado impuestos intrascendentes, pero conserva gravámenes significativos, entre ellos diversas retenciones a las exportaciones.

Una reducción impositiva (si existiera) disminuye la intervención, pero no supone necesariamente su desaparición.

Cada recurso transferido compulsivamente al Estado deja de estar disponible para los proyectos que sus propietarios habrían elegido libremente.

Tampoco la continuidad del endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional constituye una manifestación de economía de mercado.

Los préstamos entre particulares, bajo responsabilidad patrimonial de sus contratantes, son institucionalmente diferentes del endeudamiento público, cuyas consecuencias pueden recaer sobre generaciones que no participaron de esas decisiones.

El problema no es desconocer las obligaciones heredadas, sino confundir las necesidades financieras del Estado con los principios de una economía libre.

Mises advirtió, en Crítica del intervencionismo, que las intervenciones parciales pueden generar distorsiones que inducen a nuevas intervenciones destinadas a corregirlas.

Así, el gobierno pretende liberar determinados mercados mientras conserva instrumentos para corregir sus resultados cuando los considera inconvenientes.

La libertad termina operando dentro de límites definidos por los mismos funcionarios que proclaman defenderla.

El problema político: limitar el poder desde el poder

Existe una contradicción todavía más profunda.

La Libertad Avanza propone reducir el poder estatal, pero pretende hacerlo mediante el ejercicio de ese mismo poder.

La tradición liberal, desde Locke y Montesquieu hasta Hayek, ha insistido en que la libertad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de los gobernantes.

El amplio recurso a instrumentos ejecutivos, como el DNU 70/2023, plantea precisamente la tensión entre los objetivos de liberalización y los procedimientos institucionales utilizados para alcanzarlos.

El liberalismo no consiste exclusivamente en defender la propiedad privada y la libertad contractual. Comprende también la división de poderes, la seguridad jurídica y la sujeción del gobierno a reglas generales.

Un gobernante no adquiere facultades ilimitadas por declarar que las utilizará para ampliar la libertad.

La pretensión de reducir el poder estatal mediante su concentración encierra una paradoja que el liberalismo clásico procuró resolver mediante límites institucionales, no mediante la confianza en determinados dirigentes.

La doctrina no pertenece a un partido

Las ideas liberales preceden a La Libertad Avanza y continuarán existiendo independientemente de su destino político.

No pertenecen al jefe partidario, a sus funcionarios ni a ninguna organización partidaria.

Confundir la defensa del liberalismo con la defensa de un gobierno transforma una doctrina destinada a limitar el poder en un instrumento para justificarlo.

Mises, Hayek y Rothbard no elaboraron sus teorías para proporcionar argumentos circunstanciales a los gobernantes.

Sus enseñanzas deben servir para examinar críticamente las decisiones políticas, no para legitimarlas automáticamente.

La reducción de la inflación, el equilibrio fiscal y la eliminación de determinadas regulaciones constituirían (de llevarse a cabo algún día) resultados relevantes. Pero no autorizarían a ignorar las intervenciones que permanecen.

La disminución de algunas intervenciones estatales no equivale a la desaparición del intervencionismo como principio de organización económica. Máxime cuando solo se las traslada a otros sectores.

La verdadera prueba de una reforma liberal no consiste en comprobar si el gobernante utiliza sus atribuciones para adoptar decisiones que considera correctas, sino en verificar si, después de la reforma, dispone de menos facultades para imponer sus decisiones a los demás.

Porque una economía no se vuelve libre simplemente porque sus gobernantes invoquen la libertad.

Y una sociedad no deja de estar sometida al poder político porque quienes lo ejercen aseguren que desean reducirlo.

Mis diferencias con Lacunza

 Por Gabriel Boragina ©

En una reciente entrevista que el periodista Luis Novaresio le hizo al pre candidato a presidente por el PRO, Hernán Lacunza, este se explayó sobre varios temas. 

Hernán Lacunza, economista y exministro de Hacienda (nacional 2019 bajo Macri y provincial en Buenos Aires), ofrece un diagnóstico de la economía argentina centrado en el balance entre estabilización lograda y riesgos de estancamiento productivo y social de cara a 2027. 

Tengo varias diferencias con el enfoque de Lacunza, las que iré exponiendo luego de ir enumerando sus opiniones sobre cada tema. Para mayor claridad, colocaré la palabra Diferencias separando las ideas de Lacunza de las mías propias. 

  

Logros que reconoce

Valora el fuerte descenso de la inflación (de más de 200% anual a alrededor del 30% anual / ~2% mensual), el equilibrio fiscal (“no se puede gastar más de lo que ingresa”), el fin de la emisión monetaria para financiar al Tesoro y una mayor previsibilidad del tipo de cambio y las tasas. Considera que esto redujo distorsiones y el riesgo país, y que constituye el principal legado del gobierno de LLA[1]: la idea de que “la maquinita de imprimir billetes no existe”.

Diferencias: repetidamente he dicho y demostrado que la baja de la inflación no es más que un mito. En este mismo sitio, el lector interesado podrá encontrar muchas notas mías al respecto. Hasta la fecha ha quedado como una de las tantas promesas electorales incumplidas. No sólo yo pienso así sino importantes economistas, imparciales y muy calificados son de la misma opinión. Tipo de cambio y tasas están fijadas por el gobierno en nombre de la ''economía de libre mercado'' cuando una genuina economía de libre mercado no interviene estas variables, sino que -precisamente- las deja libres. Por ende, las distorsiones continúan, quizás a menor velocidad que la de un intervencionismo explicito, pero muy lejos de una economía libre.

Es de lamentar que Lacunza ''haya comprado'' el relato de que ha dejado de existir ''la maquinita de imprimir billetes”. No sólo existe, sino que sigue funcionando, y a la perfección.

 

“Luces amarillas” y riesgos

Señala una economía a dos velocidades:

·   Sectores dinámicos (agro, energía/Vaca Muerta, minería) crecen con fuerza, pero generan pocos empleos directos (~250.000).

·  Industria, construcción y comercio (que concentran varios millones de puestos) están planchados o en retroceso, especialmente en áreas urbanas.

Destaca el subestimado impacto en empleo y pymes (menciona alrededor de 30.000 cerradas), el deterioro del ingreso disponible, el aumento de la morosidad crediticia (cifras cercanas a 5,8 millones de personas con problemas de pago) y la incompleta normalización del mercado cambiario (cepo todavía vigente para empresas).

Diferencias: si bien todo esto es cierto, es increíble que Lacunza no advierta la relación causal de este fenómeno con lo que él llama ''logros'' del gobierno. La economía, como ha enseñado la Escuela Austríaca de Economía, funciona como un sistema de vasos comunicantes. No hay tal cosa en la economía como compartimientos estancos. Todos los fenómenos económicos están vinculados entre sí, en todos ellos hay relaciones causales, si bien algunas remotas e indirectas y otras más próximas y directas, dependiendo de qué sector en particular se esté estudiando. Estas ''luces amarillas'' y riesgos el economista capacitado ya sabe cómo se solucionan: mercados libres: cero intervencionismo estatal. No está claro que Lacunza adhiera a la solución austriaca a los problemas que bien identifica. Por ejemplo, si hay deterioro del ingreso es un hecho revelador que la pérdida del poder adquisitivo del salario es consecuencia de un proceso inflacionario vigente. Que sea menor que los históricos es a los efectos que interesan, irrelevante. El objetivo liberal austriaco no es apuntar a menor inflación, sino a una inflación igual a cero, no tendiendo a cero, sino igual a cero.

Lacunza advierte que bajar la inflación del 200% al 30% es más fácil que llevarla del 30% a niveles bajos o cero, y que sin crecimiento la estabilidad no es sostenible social ni políticamente. Entra el riesgo de que, si el gobierno “sigue así”, el kirchnerismo pueda recuperar terreno en 2027. También alerta sobre reservas netas aún débiles y un tipo de cambio potencialmente atrasado de cara al año electoral, lo que podría generar dolarización de carteras.

Diferencias: fue Ludwig von Mises el que también enseño que no hay tal cosa como estabilidad en economía (ver http://www.accionhumana.com/2026/08/una-esperanza-para-el-pro-y-el-pais.html[2]). Es más, el mismo concepto de crecimiento contradice lógicamente el de estabilidad. Tanto si hay crecimiento como decrecimiento ello implica los contrarios a estabilidad, ya sea si se avanza o si se retrocede hay cambio, no estabilidad. Estabilidad es sinónimo de inmovilidad. Si bien yo no reconozco al régimen del matrimonio Kirchner ningún ''ismo'' que los distinga de lo que (en corrección política) no fue más que otro populismo de izquierda como también (los hubo y hay) de derecha, Lacunza pierde de vista la cantidad grande de integrantes de aquella facción que hoy forman parte de LLA. También desde esta columna hemos tratado muchas veces este punto. Y respecto a ''bajar la inflación'' es lo más sencillo de todo: dejar de emitir y liberar precios, asignaturas pendientes de todo gobierno argentino pasado y presente.

 

Propuestas y secuencia que prioriza

Lacunza plantea un enfoque de centro-derecha liberal-republicano y desarrollista: abrir mercados, pero con “alarmas” ante la caída del empleo o el cierre de empresas.

Diferencias: claramente no es un liberalismo austriaco (Escuela Austríaca de Economía). Se parece más a una ''Economía social de mercado'' (ESM) en la versión argentina que propició el Ing. Álvaro Alsogaray y sus distintos partidos (el último la UCeDe).

Sus recetas principales incluyen:

  • Completar la normalización del mercado de cambios (levantar el cepo residual a empresas) para atraer inversión.
  • Avanzar hacia un esquema monetario más convencional, con objetivo de tasa de interés.
  • Generar condiciones para el crecimiento sostenido e inversión; recién después bajar impuestos de forma más ambiciosa.
  • Reactivar la obra pública (sin déficit) para impulsar construcción y empleo.
  • Pactos fiscales con provincias (incentivos a buena administración, baja de Ingresos Brutos a cambio de parámetros de empleo público) y discusión de la coparticipación para mayor equidad federal.

Diferencias: ninguna de estas ''recetas'' es acorde con la Escuela Austríaca de Economía a la que adherimos en lo personal. La receta de esta escuela de pensamiento es mucho más sencilla y más realista: mercados libres, sin distinciones académicas o políticas. De alguna manera las ''recetas'' de Lacunza revelan ese intervencionismo moderado aludido antes (el de la ESM)

En síntesis, Lacunza celebra la estabilización macro como condición necesaria, pero insiste en que el desafío actual es traducirla en crecimiento, empleo y productividad. Sin esa transición, advierte, el programa corre riesgo de agotarse políticamente. Su visión se diferencia del oficialismo al priorizar el “camino” y los matices productivos/sociales por sobre un enfoque que considera más dogmático en la estabilidad.

Diferencias: confunde estancamiento con estabilización (sobre esto ver aquí: El estancamiento no es liberal [3]). No hay pues nada que celebrar. Sería mejor reconocer con valentía que hay que salir del populismo de derecha de LLA y hacer un cambio decisivo hacia una ESM (más potable y asequible políticamente hablando). Lo que Lacunza llama ''logros'' de LLA no son tales. Reconocer que son buenos propósitos que LLA no cumplió (ni está en condiciones de cumplir) y de allí que se necesite otra cosa. La ESM que es lo que en realidad está proponiendo Lacunza (sin darle ese nombre) es algo infinitamente superior al populismo de derecha de LLA.

''crecimiento, empleo y productividad'‘: solamente llegan a través del mercado libre (la ESM es un camino, pero el objetivo debería apuntar a realizar las medidas propuestas por la Escuela Austríaca de Economía).

Personalmente, pienso que Lacunza puede darle un cambio al estilo de gobierno (por sí mismo esto solo sería un gran éxito) y entiendo que políticamente no le convenga adoptar un discurso austriaco (ya muy desprestigiado por el manoseo -y uso contrario- que le diera al mismo la LLA) lo que le haría perder votos y no al revés. Políticamente, un discurso más del tipo ESM es más asequible a los castigados oídos del electorado.

¿Por qué cae el consumo privado?

 Por Gabriel Boragina ©

Análisis de los datos de consumo masivo en Argentina (agosto 2026) 

Según el Índice de Consumo Privado (ICP-UP) de la Facultad de Negocios de la Universidad de Palermo, el consumo privado general cayó 1,2% mensual y 0,6% interanual en agosto 2026. Acumula nueve meses consecutivos de bajas interanuales y un retroceso de 1,4% en los primeros ocho meses del año respecto del mismo período de 2025. 

Consumo masivo (el más golpeado) 

Este rubro (alimentos, bebidas, carnes, lácteos, limpieza, combustibles y productos de compra frecuente) representa cerca de la mitad del gasto de los hogares medido por el índice.

·   Cayó 4,9% interanual en agosto.  

·   Acumula una baja de 3,2% en lo que va de 2026.

Es el segmento más afectado, reflejando el ajuste en el gasto cotidiano de las familias.

Detalle por productos clave

·   Carne vacuna: caída de 10,5% interanual y 13 meses consecutivos de retroceso. Según CICCRA, el consumo per cápita se ubicó en torno a 46 kg anuales (mínimo histórico de la serie desde 2005), con una baja de 9,5% interanual (casi 5 kg menos por persona).

·   Carne aviar: -3,6%.

·   Carne porcina: +12,5% (sustitución por precio).

·   Otros productos de la canasta básica también muestran debilidad.

Comportamiento de otros rubros (para contexto)

Rubro

Variación interanual agosto

Acumulado 2026

Consumo masivo

-4,9%

-3,2%

Servicios recreativos/turismo

-5,7%

-1,4%

Bienes semidurables

+3,3%

+2,7%

Bienes durables

+1,0%

+1,3%

·  patentamientos +34,7% interanual (acumulado +42,1%).

·   Autos: patentamientos -19,3% interanual (acumulado -13,7%).

·  Crédito al consumo: compras con tarjeta -11,3% real; préstamos personales -7,5%.

·   Recaudación de IVA en términos reales: -3,1% en agosto.

Interpretación

La caída del consumo masivo es más profunda que la del índice general, lo que indica que las familias priorizan o recortan especialmente los gastos frecuentes y de menor valor unitario. Factores que explican esta dinámica incluyen la pérdida de poder adquisitivo real, el peso de tarifas y gastos fijos, y una mayor selectividad en las compras (sustitución de productos más caros, como la carne vacuna, por alternativas más baratas).

Algunos rubros de mayor valor (motos, ciertos semidurables) muestran signos positivos, posiblemente por financiamiento o cambios en preferencias, pero el núcleo del gasto cotidiano sigue débil. El indicador de la UP sirve como anticipo de las cifras oficiales y confirma que, a septiembre 2026, la recuperación del consumo interno no se ha consolidado de manera homogénea.

Bien, hasta aquí los datos. La pregunta de fondo es la hecha al comenzar ¿por qué cae el consumo privado?

La explicación real la dio uno de los más formidables economistas de todos los tiempos, el profesor austriaco L. v. Mises en su magnum opus La Acción Humana cuando dijo:

Las gentes creen, de buena fe, que le cabe al gobierno impulsar el desarrollo económico. La administración pública, sin embargo, per se, no puede ampliar un sector productivo más que restringiendo, al propio tiempo, otro. La intervención estatal desvía los factores de producción de donde el mercado los hubiera empleado hacia otros diferentes cometidos. Escaso interés ofrece el examen de cuál sea el mecanismo utilizado por la autoridad para alcanzar tal objetivo. Cabe asigne, de manera explícita, la oportuna subvención o puede también disimularla mediante protección arancelaria; es el consumidor, sin embargo, quien invariablemente paga el correspondiente costo. He ahí lo único que importa destacar: que se obliga a las gentes a prescindir de ciertas satisfacciones, por ellas más apreciadas, a cambio de otras que valoran menormente. En toda la filosofía intervencionista palpita constantemente la idea de que el estado opera fuera y por encima del mercado y que puede gastar, en empresas propias, ciertas míticas rique­zas no provenientes de los ciudadanos. Tal es la fábula que lord Keynes elevara a la categoría de dogma económico, dog­ma entusiásticamente en seguida acogido por todos aquellos que del despilfarro público pensaban derivar ventajas perso­nales. Perogrullesco resulta, pero , frente a tan vulgares falacias, obligado es, una y otra vez, recordar que el estado no puede gastar, ni invertir, un centavo siquiera que no haya detraído del público; por cada dólar que el estado consume, los ciudadanos tienen un dólar menos. Incapaz, desde luego, es el gobierno de hacer a la gente más próspera y feliz interfiriendo la vida mercantil; pero, en cambio, puede dejarla empobrecida e insatisfecha mediante la restricción de la producción.[1]

De donde se deduce fácilmente por ser casi una cuestión de sentido común, que es el mayor consumo estatal el que disminuye el consumo particular. Y el mayor consumo estatal se financia a través del denominado gasto público, que, en realidad, es puro consumo estatal. Lo que -a su turno- es un claro índice que resulta falaz la repetida declamación del gobierno de LLA[2] de que el gasto público haya bajado o, menos aún, que este bajando, si esto fuera cierto aumentaría el consumo privado, sin embargo, lo que la situación está mostrando que es exactamente al revés: está disminuyendo. Y la razón se explica por sí misma: por cada peso gastado por el gobierno/estado equivale a un peso menos que el particular no podrá gastar (consumir).

De allí se arriba a una extraña paradoja que venimos denunciando desde hace tiempo. El gobierno de LLA (que se ufana de seguir las ideas del L. v. Mises), lo que verdaderamente hace es practicar las contrarias a la de este profesor y la de toda la Escuela Austríaca de Economía de la cual L. v. Mises es su representante más ilustre. Y como el mismo profesor L. v. Mises señala en el fragmento citado arriba, en concreto, la política de LLA está acorde con las ideas de John M. Keynes a quien LLA no se cansa de denostar, pero que en los hechos avala sus teorías, porque fue Keynes el campeón de la expansión del gasto público. El daño mayor es engañar a la ciudadanía propagando doctrinas que LLA no está ejecutando al decir que se debe reducir el gasto estatal, si esto fuera cierto el consumo privado crecería y no a la inversa como demostramos está pasando.

Moraleja: si en el sector privado cada vez se consume menos es porque en el sector estatal se esta consumiendo cada vez más.


[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Págs. 1076-1077

[2] Siglas del partido gobernante en la Argentina ‘'La libertad avanza''.

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